miércoles, 9 de mayo de 2007

De la utilidad social de la escucha, por Jacques-Alain Miller

De la utilidad social de la escucha,
por Jacques-Alain Miller


La práctica de las psicoterapias ha pasado a ejercerse a gran escala desde hace ya medio siglo. Ha progresado sin estar de ninguna manera organizada por el Estado. Hasta ahora, no ha producido ningún desastre que sea comparable con el de la canícula (1). Con ocasión de los Estados Generales de la Psiquiatría, en Junio (Le Monde del 6 de junio), se pudo constatar que desde que se le da una oportunidad, la demanda de psicoterapia se manifiesta masivamente en Francia.

Y he aquí que el 14 de octubre, al final de la jornada, la Asamblea [Nacional de Francia] vota por unanimidad, izquierda y derecha confundidas, una enmienda que confiere al ministro de Sanidad el poder de fijar por decreto las diferentes categorías de psicoterapia y las condiciones del ejercicio profesional. En ausencia de cualquier debate público sobre la cuestión, no es seguro que la representación nacional haya medido todas las consecuencias de ese breve texto.

Bernard Accoyer (Vicepresidente del grupo UMP de la Asamblea), el promotor de esta enmienda, dice haber descubierto el año pasado, por azar, bajo la indicación de un corresponsal, la existencia de un inquietante "vacío jurídico" que amenazaría la seguridad pública. Él se propone colmarlo.

Nosotros no decimos que el Sr. Accoyer ha descubierto la luna. Sin embargo, si hubiera sido fácil introducir en el ámbito de las psicoterapias la licentia docendi (el permiso de enseñar) y el monopolio universitario, podemos pensar que eso estaría hecho desde hace ya mucho tiempo.

Si no ha sido este el caso, hay que creer que existen ciertos obstáculos. Estos obstáculos, conviene primero identificarlos antes de saber si pueden ser levantados, y en qué condiciones, si eso fuera deseable.
La naturaleza misma de la acción psicoterapéutica se presta mal al cotejo de los grados universitarios.
Entre las psicoterapias, la mayor parte de ellas que operan con la palabra y la escucha, proceden del psicoanálisis (y éste, según Michel Foucault, de la práctica de la confesión). Ahora bien, desde el origen es un hecho que las concepciones difieren tanto sobre los parámetros del tratamiento psicoanalítico como sobre los factores que concurren a su eficacia. La naturaleza exacta del "inconsciente" es controvertida. Freud mismo ha cambiado en varias ocasiones de concepción. Las corrientes se han multiplicado, y durante largo tiempo han combatido entre ellas. Actualmente se aprecia una cierta tendencia a la pacificación, pero también a la fragmentación. El desarrollo de la disciplina ha proseguido pues desde hace un siglo fuera de la universidad y es profundamente antipática con el ideal universitario tradicional, tanto más cuanto que se le exige al practicante que haya él mismo pasado como paciente por un análisis, sometido a todas las condiciones de una relación interpersonal, confidencial por naturaleza. El Estado, en su sabiduría, se había hasta ahora preservado de legislar al respecto, a pesar de las tentaciones que periódicamente volvían para "colmar un vacío".

¿ Qué es lo que ha cambiado? En primer lugar al lado del psicoanálisis propiamente dicho, práctica poco común y exigente, la demanda social ha dado lugar a numerosas sustituciones y otras maneras de hacer; el público exige ahora la protección del consumidor.
Al mismo tiempo, la medicina esclarecida por la ciencia, ha salido decididamente del empirismo y ha conocido progresos sensacionales que explican que se sueñe con beneficiar al psicoanálisis con nuevos abordajes: codificación de las prácticas, evaluación cifrada de los resultados, establecimiento de series estadísticas, elaboración de protocolos, "coloquios de consensus", "estandarización de las pautas", "procedimiento transversal".

Lejos de nosotros la idea de contestar la cientificación de la medicina, que es algo bueno, pero ocurre que, al menos a nuestro parecer, los métodos que han hecho maravillas en cancerología y epidemiología encuentran obstáculos de estructura en psicoanálisis.

En efecto, aunque pueda parecer sorprendente, en psicoanálisis, lo que dice el sujeto de su síntoma, constituye el síntoma mismo. Dicho de otro modo, a diferencia del síntoma médico o psiquiátrico, el síntoma en sentido analítico no es objetivo, y no puede ser apreciado desde el exterior; la evaluación misma de la curación es también tributaria del testimonio del paciente. Estamos a mil leguas de la práctica médica contemporánea, que tiende cada vez más a pasar de interrogar al paciente, para extraer en cambio del cuerpo un conjunto de cifras. De hecho, hasta la emergencia del psicoanálisis, el objetivismo de los mejores psiquiatras les conducía a considerar a las mujeres histéricas como simuladoras y a sus enfermedades como imaginarias.

Si el nombre de Freud ha quedado en la memoria es porque ha sido el primero en sobrepasar los ideales del cientificismo que le había formado, y en reconocer, en términos sino científicos al menos compatibles con la ciencia, lo real singular e invisible que estaba presente en el sufrimiento de la histeria. Cuando el Sr. Accoyer ejerce su práctica de ORL, el tapón de cera está ahí, el que obstruye el conducto auditivo, lo ablanda y lo extrae. En los trastornos neuróticos, el ojo clínico no ve nada.

Los tratamientos de pura sugestión donde opera el único ascendiente de la "fuerte personalidad" y que para nada son científicos , sin embargo no están exentos de eficacia. Si no, no comprenderíamos por qué los adivinos, los astrólogos, los Rasputín, han pululado desde siempre por los pasillos del poder. Los malos espíritus sostienen incluso que el carisma del hombre polí tico, véase, del líder religioso, ser ía del mismo orden que el de los charlatanes.

En el tratamiento psicoanalítico por el contrario, el analista tiende a dejar de lado el factor de su personalidad: disminuye las marcas de su presencia, tiende a lo impersonal, se hace invisible, rara vez utiliza la palabra. Según las escuelas debe, para llegar a la posición ideal, pensar siempre en sus propios pensamientos, o no pensar en ellos nunca. En cualquier caso, se está de acuerdo generalmente en decir que queda un residuo de ese factor personal y que ese residuo es irreductible. Igualmente, aunque sea largo y exigente, un análisis llamado didáctico, aquel que prepara a un sujeto a ejercer el psicoanálisis, no consigue nunca anular este resto. El sujeto científico puede tender a lo impersonal, el sujeto analítico no puede hacerlo.

La evaluación de este factor -- llamémosle el factor pequeño a -- es muy difícil. No llegamos a cifrarlo, como tampoco podemos "computar" la libido freudiana. Corresponde más bien a lo que los contables de la administración militar llaman una salida de escritura: un caso que se sale del margen. Si Freud ha escrito tanto y ha renovado constantemente sus abordajes, podríamos decir que es precisamente porque quería con desesperación capturar este pequeño a en el discurso científico, y hacer de él un objeto como los otros. Luego vino Lacan que tuvo que concluir que había en el mundo un tipo de objeto que no había sido localizado hasta ahora (al menos en Occidente): lo llamó el objeto pequeño a.

Del lado del analista, este objeto es el resorte del acto analítico; del lado del paciente es el resultado de la operación. Su evaluación requiere procedimientos singulares y, evidentemente, confidenciales.
Por ello, la formación de los psicoanalistas ha estado tradicionalmente asegurada desde Freud por fuera de la universidad, en asociaciones que garantizan la formación y la práctica de sus miembros.

La mayoría de ellos trabajan o han trabajado durante largos años en instituciones públicas; la gran mayoría tiene diplomas universitarios de psiquiatría y psicología; otras formaciones universitarias son igualmente acogidas; pero estas formaciones previas no se confunden de ninguna manera con la formación psicoanalítica, que es específica. Cada asociación tiene sus protocolos de evaluación y de acreditación, controlados sin cesar por los pares, a través de múltiples encuentros nacionales e internacionales.

Lo que ha chocado en el episodio presente, que deberá ser rápidamente sobrepasado, es la demasiada discreción y precipitación que han marcado la elaboración y el voto de esta desgraciada enmienda y, sobre todo, el vocabulario de urgencia y de amenaza que ha sido empleado. Este estilo de intimidación no era digno de la representación nacional, y no era apropiado para una materia que requiere ser tratada con tacto y discernimiento, con todo el respeto que merece el dolor psíquico, incluso si no aparece sobre las imágenes del IRM, con el respeto también hacia esos psicoterapeutas independientes, sin diplomas a veces, que gestionan honestamente un pequeño carisma personal, ofreciendo una escucha atenta y modesta a la miseria del mundo.
Evidentemente, hay en ese ámbito, operadores muy nocivos, que abusan de la credulidad pública, que difunden camelos, que prodigan sin consideració n promesas de felicidad. Existen también las sectas, por las cuales el Sr. Accoyer se preocupa legítimamente, sin olvidar los industriales del "psi-business", que acumulan fortunas, pero tememos que justamente sean estos los intocables.

No, "los 30.000 psicoterapeutas que ejercen en Francia", como se dice ahora, no son de ninguna manera en tanto tales una amenaza. Todo lo contrario, ellos aseguran una funció n social eminente, aunque no reglamentada.

Agujereen por decreto el cascarón de la escucha que envuelve la sociedad, el almohadón compasivo sobre el cual ella se asienta, agujereen el tímpano de todas estas orejas, erradiquen el psicoanálisis, hagan la vida imposible a los psicoterapeutas, den libre paso al amo moderno que avanza con el estruendo de sus protocolos y de sus acreditaciones, acorazado en sus engaños y en sus banderas, y ustedes verán, como por milagro, reaparecer las patologías desaparecidas, tales como las grandes epidemias histéricas; y ustedes verán crecer y multiplicarse a las sectas y a las brujas, que se introducirán en las profundidades de la sociedad y escaparán tanto más a su censura.

Hay que saber que las prácticas de la escucha están destinadas a expandirse en toda la sociedad. De aquí en adelante estarán presentes tanto en la empresa como en la escuela, y cada uno puede constatar que inspiran el estilo mismo del discurso político contempor áneo. La escucha se ha convertido en un factor de la política y en una apuesta de civilización. Si hay que llegar a enmarcar este sector que está en crecimiento acelerado, esto debe ser hecho con todo conocimiento de causa, con el acuerdo de los diferentes actores serios, en la serenidad y anticipando los contraefectos.

¿Una reglamentación debe pasar por la creación de un "acto psicoterapéutico" que actualmente no existe? Si fuera creado, sería entonces un acto común para los médicos y para los no médicos, luego entonces, sería descalificado con respecto a la prescripción médica; debería ser remunerado, agravando tanto más el presupuesto de la seguridad social, y padeciendo las inevitables restricciones que se anuncian. Sabemos, por ejemplo, el uso que se hace en Suiza y en los países escandinavos de la llamada a la "buena práctica" para justificar toda suerte de restricciones de acceso a las psicoterapias. Sabemos también cuán incierto puede ser el diagn óstico en esta materia.

En cualquier caso, sería exorbitante incluir en este marco al psicoanálisis, como lo propone el Dr. Cléry-Melin en el informe que ha presentado a principio de octubre al ministro de sanidad.
Esto no presagiaría otra cosa que la regresión profunda de la disciplina, su rebajamiento, seguido de su decadencia. Hemos visto que esto ha ocurrido en muchos países, concretamente en EE. UU. ¿Es esta "excepción francesa" la que detestamos y la que queremos hacer desaparecer?
Imaginemos que la frontera hoy porosa entre el acto terapéutico y la actividad llamada de "counselling" se endurezca. Los psicoanalistas se verían al final forzados a inscribirse en ese lado. Se construirían redes -analista-consejo, generalista prescriptor ocasional, clínica privada- evitando el paso por el "Psiquiatra coordinador regional" verdadero prefecto de la salud mental, previsto por el Dr. Cléry-Melin. Llegaríamos rápidamente a una estratificación de la distribució n de la atención. Lo que hasta ahora era accesible al público, con a veces algunos errores de atribución (ciertos esquizofrénicos tratados con sesiones cotidianas de psicoterapias, contabilizados en las hojas de cuidados remunerados), eso estaría a partir de ahora jerarquizado; la no igualdad de las clases sociales frente a la atención se acentuaría aún más; el psicoanálisis estar ía entonces reservado a la clase media favorecida (upper myddle class).

Cuando la salud pública está en juego, y en el ámbito tan delicado de la salud mental, es muy imprudente legislar sin haber abierto el más mínimo debate público. La coyuntura temporal entre el voto de la enmienda Accoyer y el depósito del informe Cléry-Melin se ha añadido al penoso episodio y hace que se le califique de "guet-apens".

Pero sería vano pararse en procesos de intención. Conviene que la enmienda Accoyer sea ahora retirada. Ella habrá tenido el mérito de haber despertado a los psicoanalistas y, más allá, a todos aquellos que no creen que las vías del futuro en nuestras sociedades puedan estar trazadas por el cálculo clandestino de evaluadores con pretensión universal.

Contemos con que el Senado sabrá dejar al debate público la oportunidad de desarrollarse en la opinión ilustrada.

Notas

Jacques-Alain Miller dirige el Departamento de Psicoanálisis de la Universidad de París VIII, es ex-Presidente de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.

Traducción: Carmen Cuñat y Oscar Caneda
(1) J.-A. Miller alude a las altas temperaturas del último verano en Francia, que produjeron más de 14.000 muertos. (N. del E.)

Fuente: wapol.org

1 comentario:

DR. LUIS EDUARDO SCHNITMAN SITLONIK dijo...

Me parece interesante la perspectiva que plantea Miller que al hacer desaparecer la escucha se produciría una epidemia de patologías. Muestra así por lo negativo la naturaleza de esta escucha.