jueves, 21 de junio de 2007

Los Nombres del Padre y el deseo del analista

Los Nombres del Padre y el deseo del analista
Por Javier Aramburu

Javier Aramburu psicoanalista, AME y presidente (1999) de la Escuela de la Orientación Lacaniana, miembro de la AMP . Autor del "El Deseo del analista". (fallecido en abril del 2000).

"El análisis didáctico no puede servir para otra cosa como no sea llevarlo a ese punto que en mi álgebra designo como el deseo del analista".


Ahora bien, ¿qué es el deseo del paciente y qué del deseo del analista? ¿Tienen el mismo estatuto en cuanto deseos? Es la pregunta que uno podría hacerse. ¿Es que el deseo del analista es un deseo histérico?
El deseo histérico, entonces, no va más allá de lo que sostiene el Nombre del Padre.
Les propongo entonces pensar al deseo del analista no como un deseo histérico, es decir un deseo reducido a sostener el deseo del padre a nivel del Ideal, sino como un deseo más allá de este padre como Ideal.
El rasgo unario escapa al principio del placer mientras que el ideal es la incorporación del rasgo unario en el campo del placer.
El deseo del analista no es un deseo histérico. No se sostiene en el Ideal, es decir, en el narcisismo, en el principio del placer. Si no, no se entendería cuando Lacan dice que el deseo del analista es aquel deseo que a diferencia de la transferencia, que lleva a separar la demanda de la pulsión, es el que vuelve a traer la pulsión a la demanda.
El deseo del analista está del lado de la pulsión, porque sin deseo del analista no hay vinculación de la demanda con la pulsión.
Esto podría servir para pensar alguna vinculación de una forma de amor que en tanto está ligado a la demanda, esa demanda ligada a la pulsión, y no al Ideal, hace pensar en un amor que fuera más allá del amor al Ideal. Un amor que tendría alguna relación con la pulsión misma.
El amor que despierta la transferencia, en el punto en que no se liga al Ideal, es verdaderamente un amor que está sostenido en la presencia del analista.

El amor de transferencia no es entonces, como él dice, algo ilusorio, es verdadero, pero en el sentido que para él tiene la verdad, es decir, es una mentira. Es cierto que es mentira, pero no es ilusión, porque son dos cosas diferentes. La ilusión tiene que ver con el narcisismo y con el ideal; la mentira tiene que ver con el Otro, con el lugar del Otro. La verdad no se juega a nivel del ideal.
Entonces es una mentira que llama al lugar en que en el Otro está la verdad del sujeto.
Este es el drama de la histérica: tomar a un padre con un deseo ya desfalleciente, y tratar de sostenerlo todo el tiempo.
El padre se convierte en Ideal en el momento en que desfallece su deseo. Ahí es levantado al Ideal. Entonces, el Ideal es una trampa porque lo que mantiene es un vacío de deseo.
Atravesamiento entendido ahora sí acá como una superficie que se atraviesa a sí misma, simplemente porque eso es el ocho interior. Esto es el atravesamiento del fantasma, una superficie que se atraviesa a sí misma.

El atravesamiento del fantasma sería atravesar este punto de la transferencia objeto. Sería alcanzar la línea del deseo a diferencia de la línea de la demanda. Javier Aramburu delimita en este texto el concepto deseo del analista, a partir del Seminario 11. Establece una serie de oposiciones y definiciones iluminantes, partiendo de la diferencia entre el deseo histérico y el deseo del analista, recorriendo la diferencia entre el Nombre del padre y el Ideal, para ubicar al deseo del analista como un deseo más allá del padre. Ubica tambien la diferencia entre el rasgo unario, que escapa al principio del placer, con el Ideal, que es el rasgo unario incorporado al campo del placer.
Finalmente, recorre la relación entre la transferencia y la pulsión, para ubicar la presencia del analista como el suplemento necesario al sujeto supuesto saber, suplemento que implica al objeto a. Esto le permite ubicar cómo el deseo del analista, a partir de vincular la demanda transferencial con la pulsión, permite constituir un amor ligado a la pulsión, un amor sin límites. Vamos a continuar con la modalidad del "comentario de texto".
Se trata del comentario de algunos textos, principalmente el Seminario "Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis" y la clase del Seminario de "La angustia" del 26 de marzo.
Trataremos de pensar alguna cuestión respecto del deseo del analista, y su relación a los Nombres del Padre.
Dado que serán comentarios de textos, voy a ir leyendo algunos párrafos de "Los cuatro conceptos" para recorrer algunos problemas que surgen de esa articulación.
En principio, ¿por qué el deseo del analista?
No hay que olvidar que estamos tratando de apuntar a pensar algo del orden de la transferencia. En el primer capítulo de "Los cuatro conceptos" , Lacan se hace la siguiente pregunta: ¿qué relación podemos establecer entre la ciencia y el psicoanálisis? Teniendo en el horizonte la transferencia, recuerda que la ciencia se establece a partir de dejar fuera el deseo del científico. No se interroga para nada respecto del deseo del científico, pero el psicoanálisis no puede dejar fuera de su interrogación el deseo del analista.
También hace una comparación con la alquimia, en el punto en que ésta, se diferencia de la ciencia precisamente porque no se trataba de dejar fuera del campo de la práctica al deseo.
Parecería que en esta alternativa que presenta de entrada entre la ciencia, que deja fuera de su interrogación al deseo del científico, y la alquimia, que al contrario, interroga todo el tiempo al deseo del experimentador; el psicoanálisis, no puede dejar de interrogarse por el deseo del analista.
Lo pone más cerca de la alquimia que de la ciencia, en esta interrogación sobre el deseo. Luego veremos que también hay diferencias, obviamente, entre estos dos campos.
En la página 17, apenas comienza el seminario, después de haber hecho esta diferencia entre la ciencia y el psicoanálisis, dice: "El punto central que pongo en tela de juicio, a saber, ¿cuál es el deseo del analista? ¿Qué ha de ser el deseo del analista para que opere de manera correcta? Esta pregunta, ¿puede quedar fuera de los límites de nuestro campo, como en efecto pasa en las ciencias –las ciencias modernas de tipo más asegurado- en las que nadie se pregunta nada respecto del deseo del físico, por ejemplo?" Y agrega: "El análisis didáctico no puede servir para otra cosa como no sea llevarlo a ese punto que en mi álgebra designo como el deseo del analista".
Si a alguien le parece que este problema del deseo del analista no es para interrogarse creo que podría cambiar su punto de vista a partir de esto.
Pero, interesa además y sobre todo, porque tal como lo dice en la página 239 -algo muy enigmático a mi juicio-: La transferencia es un fenómeno que incluye juntos al sujeto y al analista. Dividirlo mediante los términos de transferencia y contratransferencia, por más atrevidas y desenfadadas que sean las afirmaciones sobre el tema, nunca pasa de ser una manera de eludir el meollo del asunto".
Interrogarse por la transferencia, entonces, no es posible sin interrogarse por el deseo del analista.
Hay dos frases que me gustaría comentar.
Por un lado, la cuestión de que la transferencia toca el punto en el cual implica el deseo del analista, en tanto la transferencia se produce como una respuesta al encuentro del deseo del paciente con el deseo del analista. Ahora bien, ¿qué es el deseo del paciente y qué del deseo del analista? ¿Tienen el mismo estatuto en cuanto deseos? Es la pregunta que uno podría hacerse. ¿Es que el deseo del analista es un deseo histérico?
Esta es la primera cuestión que me gustaría interrogar. Para eso tenemos que interrogar también al deseo histérico.
Lo voy a tomar desde la siguiente perspectiva: no hay que confundir el Ideal con el Nombre del Padre. El Nombre del Padre no es el Ideal.
Respecto del deseo histérico Lacan, en la página 45 y 46 de "Los cuatro conceptos"dice: "Freud no podía ver aún que el deseo de la histérica, que se hace manifiesto de manera resaltante en la observación, es sostener el deseo del padre; en el caso de Dora, sostenerlo por procuración". Tanto el deseo del padre que ella favorece por impotente, como el suyo, no pueden realizarse como deseo del Otro.
De la misma manera la mujer homosexual no podía concebirse a no ser aboliéndose, mostrando al padre como es uno, uno mismo; un falo abstracto, heroico, único y consagrado al servicio de dirigido al deseo del padre.
Uno aquí puede entender dos cosas. Puede entender, efectivamente, que el deseo histérico es sostener el deseo del padre, y entonces pensar que este deseo histérico se sostiene como deseo insatisfecho. Pero también como dice Lacan, un deseo impotente, y que, en este punto, él se está refiriendo a un deseo que, si bien incluye al padre, lo incluye como Nombre del Padre.
Por lo tanto, uno podría decir que el deseo histérico, entonces, no va más allá de lo que sostiene el Nombre del Padre. Eso sí, nosotros leemos aquí a este deseo del padre como Nombre del Padre, pero esto tendría algunos problemas para sostenerse.
Entre otros, recuerdo esa frase del Seminario RSI, cuando nos recuerda Lacan que el Nombre del Padre es lo real del Otro real, es decir, en el momento en que él piensa y trabaja el Nombre del Padre como síntoma. Pero no síntoma entendido como formación del inconsciente sino, síntoma, en tanto una letra que fija algo del orden de un goce en lo real.
Ahora bien, el estatuto que Lacan le atribuye al padre allí, no me parece que corresponda al estatuto que tiene para el deseo histérico.
Dejemos esta cuestión de los Nombres del Padre y la diferencia con el padre histérico. Pensemos ahora al nivel del deseo del analista, lo que implica el Nombre del Padre en su diferencia con el Ideal. Les propongo entonces pensar al deseo del analista no como un deseo histérico, es decir un deseo reducido a sostener el deseo del padre a nivel del Ideal, sino como un deseo más allá de este padre como Ideal.
Si abordamos el deseo del analista más allá del Ideal podríamos conectar el deseo del padre efectivamente con algo del orden de las identificaciones que surgen a partir de un amor al padre que estaría circunscripto al padre en posición Ideal.
Estamos hablando entonces por un lado del deseo histérico y por el otro, del deseo del analista más allá de ese Ideal. En esa dirección, podríamos adscribirle cierta relación con el significante del Otro tachado y también con la pulsión. Ambas escrituras , la de la pulsión y la del Otro tachado, efectivamente apuntan a dar cuenta de algo que está más allá del Ideal.
Quiero también recordar la diferencia que en este mismo texto hace Lacan entre el rasgo unario y el Ideal del yo. El rasgo unario escapa al principio del placer mientras que el ideal es la incorporación del rasgo unario en el campo del placer.
En la página 264 dice entonces: "En el capítulo de "Psicología de las masas y análisis del yo" dedicado a la identificación, hice hincapié sobre la segunda forma de identificación para situar en ella y poner aparte el einziger zug, el rasgo unario, el fundamento, el núcleo del Ideal del yo. ¿Qué será este rasgo unario? ¿Será un objeto privilegiado en el campo del Lust? No. El rasgo unario no está en el campo primario de la identificación narcisista, al cual refiere Freud la primera forma de identificación".
"El rasgo unario, en la medida en que el sujeto se aferra a él, está en el campo del deseo. En el entrecruzamiento por el cual el significante unario llega a funcionar aquí en el campo del Lust, es decir en el campo de la identificación primaria narcisista, está el mecanismo esencial de la incidencia del ideal del yo".
Entonces, primero dice, ¿el rasgo unario, es un objeto del campo del placer? No. El ideal del yo es el entrecruzamiento de este rasgo que no es del principio del placer con algo que viene del principio del placer. Este es el Ideal. Es otra manera de situar el rasgo unario más allá del Ideal, en el campo de estos significantes: significante del Otro tachado, pulsión, deseo del analista. Los ubicamos efectivamente -tal como creo que se pueden ubicar- en un campo más allá del Ideal, del narcisismo, del principio del placer.
El deseo del analista no es un deseo histérico. No se sostiene en el Ideal, es decir, en el narcisismo, en el principio del placer. Si no, no se entendería cuando Lacan dice que el deseo del analista es aquel deseo que a diferencia de la transferencia, que lleva a separar la demanda de la pulsión, es el que vuelve a traer la pulsión a la demanda.
Resulta interesante porque acá tenemos una demanda que puede articularse tanto al ideal como a la pulsión. Está diciendo casi lo mismo que ha dicho del rasgo unario. Se pregunta cómo algo que efectivamente se puede ligar al Ideal, al campo del placer, puede ser soporte del deseo más allá de este, de esta relación con el Ideal.
Ahora tenemos una demanda que puede vincularse a la pulsión y además puede separarse de su relación con la pulsión, aislarse de ella y ser tomada por el Ideal. Entonces, hace la diferencia entre la transferencia, que separa la demanda de la pulsión, la aísla de la pulsión y vira esta demanda al Ideal y el deseo del analista que nuevamente empuja a esta demanda a separarse del Ideal y a juntarse con la pulsión.
El deseo del analista está del lado de la pulsión, porque sin deseo del analista no hay vinculación de la demanda con la pulsión. Desde luego que esta demanda que tiene este doble valor, pareciera poder tanto representar una demanda narcisista, identificatoria, y una demanda que tiene además la posibilidad de ligarse a una pulsión, a la pulsión que la lleva más allá de las identificaciones especulares, narcisistas.
Y quizás esto podría servir para pensar alguna vinculación de una forma de amor que en tanto está ligado a la demanda, esa demanda ligada a la pulsión, y no al Ideal, hace pensar en un amor que fuera más allá del amor al Ideal. Un amor que tendría alguna relación con la pulsión misma. No sería el mismo amor, desde luego.
Pero hay algo más inquietante todavía en esta cuestión que me parece muy difícil de articular. Lacan, necesita vincular la transferencia al deseo del analista y no le alcanza con referirla al amor, al Ideal. No hay que olvidar que en verdad una de las discusiones que centra este desarrollo de la transferencia sobre todo en "Los cuatro conceptos", es refutar la idea de que la transferencia es meramente una ilusión narcisista sostenida en el Ideal. ¿Para qué incluir la transferencia en relación con el deseo del analista que se postula más allá del Ideal, si no es para darle a la transferencia algún estatuto diferente al de la mera ilusión?
Algo que tiene que ver con el descubrimiento de lo que él llama también la presencia del analista, que es el deseo del analista en su presencia.
Ahora abordaré la cuestión del objeto.
La presencia del analista prefiero llamarla deseo del analista, porque el término presencia, viene a romper con la idea de que la transferencia es una mera ilusión. Y el amor que despierta la transferencia, en el punto en que no se liga al Ideal, es verdaderamente un amor que está sostenido en la presencia del analista.
Ahí tenemos una transferencia que, en tanto no es ilusión, no es simplemente la demanda narcisista de completud, pone en juego algo del orden de la causa. Si la transferencia fuera nada más algo ilusorio que está simplemente puesto al servicio del engaño amoroso a nivel del narcisismo, no tendríamos por qué postularla como aquel elemento del dispositivo que efectivamente vincula al deseo del analista y su presencia.
El amor de transferencia no es entonces, como él dice, algo ilusorio, es verdadero, pero en el sentido que para él tiene la verdad, es decir, es una mentira. Es cierto que es mentira, pero no es ilusión, porque son dos cosas diferentes. La ilusión tiene que ver con el narcisismo y con el ideal; la mentira tiene que ver con el Otro, con el lugar del Otro. La verdad no se juega a nivel del ideal.
Entonces es una mentira que llama al lugar en que en el Otro está la verdad del sujeto.
Se trata de la relación al Otro, como lugar de la verdad para el sujeto, el Otro como lugar de los significantes, el Otro simbólico que sostiene efectivamente la transferencia. De este modo ya no la hace una ilusión, porque si el analista tiene valor de presencia es porque mantiene alguna relación con ese lugar de verdad.
Si bien no se reduce a ser ese lugar de verdad, si tiene aún verdad el amor de la transferencia, lo tiene porque ese lugar, esa presencia como objeto, tiene alguna relación con ese lugar del Otro como Otro simbólico. Esto es verdaderamente el problema que me gustaría articular. Para eso vamos a recorrer la cuestión de la presencia.
Insisto que esta presencia no se justifica sin la referencia al Otro de la verdad, es decir, al Otro simbólico, al Otro que para el sujeto va a hacer referencia fundante.
Ustedes conocen el bocadito de "Los cuatro conceptos..." donde se indica la cuestión de la presencia del analista en el restaurant chino. Es allí donde dice que la transferencia, en tanto busca al Otro como lugar de la verdad, encuentra algo más, que es la presencia del analista.
Uno va al restaurant chino y está todo en chino. Entonces se le pregunta a la china: ¿Qué dice esto? Ella le contesta, pero como mi deseo es el deseo del Otro, efectivamente, yo no puedo saber qué deseo si la china no me dice. Le pregunto: ¿qué me recomienda? La china recomienda: Coma pollito con nueces. A uno se le despierta el apetito por el pollito con nueces.
Claro que acá uno puede decir, aquí todavía estamos en el orden de sostener el deseo del Otro a partir de cierto Ideal. Pero no se termina ahí la cosa, porque sin embargo, eso también tiene verosimilitud, en el sentido de que el deseo es el deseo del Otro y el Otro es la verdad del sujeto, porque está ligado al Ideal Pero hay algo que ya lo trasciende, a la cuestión del Ideal, que ofrece cierta apertura al Otro como lugar de la verdad.
Sin embargo acá no terminan las cosas, ahora queremos pellizcarle la teta a la china. Y entonces Lacan concluye que el analista no solamente tiene que ser Tiresias, el ciego que adivina "su deseo es de pollo con champignon", sino que además debe tener tetas. Debe tenerlas y debe ofrecerse además como ese objeto que queda como resto de ese pollo con champignon. Ese resto de insatisfacción que el pollo con champignon, deseo del Otro, en el nivel histérico, ha dejado insatisfecho. Esa es la presencia del analista.
El analista además de ser el adivino del deseo, donde la interpretación es el deseo del Otro, -le recomiendo tal cosa, y ahí se constituye el deseo-, debe tener tetas. Debe soportar también el objeto, esa forma de presencia que la transferencia en un momento llama, porque este es el camino mismo de la transferencia. Voy a que me traduzcan el menú, que además me digan cuál es mi deseo y en ese camino encuentro que hay una causa que está más allá de este deseo.
Esta es una forma de presencia del analista: el tener tetas. Este tener tetas está presentificando algo del orden de un objeto que, sin embargo, no ha dejado aún de ser un objeto de placer, un objeto ligado con el principio del placer, pero que apunta a algo más allá de esto.
Es la manera en que podemos leer esas dos frases de la última parte, del último capítulo de "Los Cuatro Conceptos", cuándo dice: "Te amo, pero inexplicablemente", inexplicablemente para el sujeto.
En ese amarte que no ha salido de esta relación al Ideal, de pronto, inexplicablemente amo en ti, y ahí sigue usando la palabra amo. Amo en ti, pero no a ti, sí en ti, no es lo mismo a ti que en ti, se entiende. "Porque inexplicablemente amo en ti algo más que tu, el objeto a minúscula; te mutilo".
Y la otra frase, que correspondería a la neurosis obsesiva, es: "Pero ese don de mi persona, oh! Misterio, se trueca inexplicablemente, en regalo una mierda". Ese don inexplicablemente, se convierte en una mierda.
Estos dos objetos, esta mierda en que se ha convertido el don y el pedazo que te quiero mutilar, esto traspasa la barrera del narcisismo, el velo de estos objetos. Ponen en juego la presencia del analista de otra forma.
Veamos ahora, un ejemplo que toma Lacan cuando está tratando este mismo problema en el Seminario de La angustia. Allí toma tres autores: Szasz, Margaret Little y Lucy Tower.
Tomemos el ejemplo que trae de unas historias de pacientes que cuenta Lucy Tower, -en las páginas 80 y 86, de las clases del 20 y del 26 de marzo-.
Resulta muy interesante porque estos ejemplos los va a dar para ver cómo analistas no lacanianos han puesto en juego la cuestión de la presencia del analista y el objeto, y cómo lo han resuelto. Toma el ejemplo de Lucy Tower porque, le va a dar una precisa caracterización de una relación muy particular, que es la relación del deseo del analista con el Don Juan.
Eso que nosotros tratamos de pensar por el lado de lo que llamamos el semblante de objeto, hacer semblante de objeto.
Esta mujer tenía dos pacientes que los caracteriza como neurosis de angustia. Lacan no cuestiona esta caracterización que ella hace. Dice Tower: "En cuanto a estos dos hombres, yo estaba perfectamente al tanto delo que pasaba con sus mujeres y especialmente que eran demasiados sometidos, demasiado hostiles, y en un sentido, demasiado devotos; y que las dos mujeres se hallaban frustradas por esa falta de una manera suficiente de afirmarse como hombres en forma no inhibida".
A ella le parecía que tenían una cierta forma de presencia masculina un tanto inhibida y que esto dejaba insatisfechas a las mujeres de estos dos pacientes. Ella tenía sus ideas sobre la masculinidad...
En otras palabras, ellos no simulaban lo suficiente para estas mujeres. Tower, dice que protegía un poquito demasiado a la mujer del primero, y al segundo, un poquito demasiado a él. A decir verdad, por el primero sentía cierto rechazo, y entonces entendía que tenía que proteger más a la mujer. Parece ser que le atraía el segundo porque el primero tenía algunos problemas psicosexuales no demasiado seductores, y esto parece que a ella no le despertaba nada.
Esta mujer no era demasiado histérica. Por eso es que a lo mejor pudo Lacan pensar en la posición de Don Juan que ella asumía. Sin embargo no era porque ella lo asumiera, sino porque Lacan encontró acá -me parece- una clave para entender esta cuestión del deseo del analista en relación a la posición del Don Juan. Además va a tomar esto para decir que Don Juan es en principio, una fantasía femenina.
Entonces, ella protegía un poquito demasiado a la mujer del primero y el desarrollo lo va a realizar sobre este primer paciente.
Relata que ella tiene un sueño -la analista-. ¿Qué ocurre en ese sueño? El sueño consiste en que dicha mujer, la del primer paciente, le aparece a Tower bien dispuesta a encontrarse con ella, en una buena disposición de ánimo, en una actitud cooperativa respecto del análisis de su marido. Entonces, deduce que en realidad la mujer no podía estar tan disconforme de este marido si en el sueño a ella se le aparecía como colaboradora del análisis. Deduce que en verdad quizás esta mujer veía bien el análisis y la posición que tenía el marido en relación a ella, por lo tanto ahí se manifestaba colaboradora. Esto le hace cambiar su punto de vista respecto de este paciente, que hasta este momento ella subestimaba en su valor deseante.
No le parecía que este hombre tuviera un deseo muy decidido. Pero este sueño le hace pensar que en verdad este hombre, en tanto satisfacía a su mujer, quizás tenía efectivamente un deseo algo decidido. No era un deseo impotente.
No era exactamente el padre de Dora, ese que había que sostener en su impotencia. Porque en el deseo de la histérica se trata de sostener al padre, pero sostenerlo precisamente en tanto el padre como Ideal.
Sostenido en el Ideal es un deseo un poco venido a menos, sería impotente además. Pero no porque sea impotente, sino porque su deseo está un poco caído. Y este es el drama de la histérica: tomar a un padre con un deseo ya desfalleciente, y tratar de sostenerlo todo el tiempo. Ella lo hacía por procuración, porque quien parecía saber bien cómo se cumplía esa función de mantener el deseo del padre levantado era la señora K.
Este deseo histérico de sostener, es correlativo casualmente del Ideal que aparece en el punto del desfallecimiento del deseo. En Freud está claro, él lo dice quizás de otra manera: el Ideal reprime la pulsión.
El padre se convierte en Ideal en el momento en que desfallece su deseo. Ahí es levantado al Ideal. Entonces, el Ideal es una trampa porque lo que mantiene es un vacío de deseo. Por eso, el Ideal de la histérica, dice Lacan, puede ser Cristo. Este es el Ideal, algo muerto, algo caído en relación al deseo.
Obviamente, el deseo del analista no puede equivalerse a este deseo, de sostener este padre como Ideal desfalleciente. Entonces cuando Tower tiene este sueño no sabemos qué le dijo o no al paciente, pero lo importante es que ella cambia su posición en relación al deseo de ese paciente. A partir de ese momento toma su deseo en serio. Ya no tiene esa especie de desprecio por ese hombre desfalleciente con un deseo un poco caído. Eso trae sus consecuencias.
Puesta Lucy Tower en esta rectificación de su posición de analista en relación al deseo de este sujeto, lo que pensaría Lucy Tower traducido por Lacan sería, "el muchachito se toma en serio, es posible entonces ocuparse de él" porque efectivamente él tiene un deseo decidido respecto de su posición.
A partir de ese momento, todo se desarrolla en medio de una tormenta de movimientos depresivos y rabias desnudas, "como si a mí, la analista, el paciente me pusiera a prueba en cada uno de mis más pequeños pedacitos."
Bien, ahora hay que tener tetas. Ahí aparece algo del orden de la presencia, de esas tetas del restaurant chino.
Continúa: "si un instante de desatención hacía que cada uno de esos pedacitos no sonara verdadero, que uno de ellos resultara imitación, yo tenía la sensación de que mi paciente se iría todo entero en pedazos él."
Allí, él está hablando de algo del orden del semblante, pero el semblante no es algo de imitación, o que se finge teatralmente, sino que el paciente autentifica por así decir la verdad de eso, de ese objeto que está en juego. Es en relación a este objeto que produce esta transferencia, amorosa o de odio -como quieran- que además va más allá de este objeto.
Lacan explica esto en la clase siguiente, la del 26 de marzo, página 86. Retoma la cuestión diciendo que la posición del analista en relación al deseo del paciente es a partir de este sueño, otra; el deseo del paciente, es verdaderamente devuelto a su lugar. Lo que ella encuentra entonces, es el desencadenamiento en el paciente de lo que ella expresa, a saber: "A partir de ese momento me encuentro bajo una presión que quiere decir que soy escudriñada. Si por un sólo instante llegara a parecer que no estoy en condiciones de responder a aquello sobre lo cual en cierto modo soy puesta a prueba, pedacito por pedacito, es mi paciente quien va a irse en mil pedazos".
Por lo tanto, habiendo buscado ella el deseo del hombre, lo que encuentra como respuesta no es la búsqueda de su propio deseo, el de ella, sino el "a", del objeto, del verdadero objeto, aquello de que se trata en el deseo que no es el del Otro sin tachar, que es ese resto, el "a", el verdadero objeto.
"Pero qué pasa con este efecto que produce con posterioridad Lucy Tower. ¿Qué pasa después que vuelve de las vacaciones? Al fin de cuentas, ella sabe muy bien que él puede seguir buscando pues nunca fue cuestión de que encontrara. De eso se trata, precisamente, que él advierta que no tiene nada que encontrar".
No hay nada que encontrar porque lo que para el hombre, para el deseo masculino, en todo caso, es el objeto de la búsqueda, sólo le concierne, por así decir, a él. Ese es el objeto. Lo que busca es por así decir, lo que le falta a ella: .
De esto es que él tiene que hacer el duelo. Lo digo porque el texto de Lucy Tower articula muy bien que lo que han hecho juntos es el trabajo de duelo. Lucy Tower ha separado de "a". Ahora ella se ha instalado en el , en su falta en ser, se ha instalado en su ser de falta. Ella, la analista, ha perdido ese objeto, ha hecho de esa pérdida del objeto su falta. Ahora puede decir entonces que busque.
De lo que se trata es que él haga el duelo de ese objeto que está buscando, para que encuentre también este lugar, el de su castración, su auténtico ser. "Cuando él haya hecho su duelo de encontrar en ese partenaire su propia falta, , la castración primaria fundamental del hombre, tal como se la señalé a nivel de la raíz biológica, cuando esto ocurra, él habrá cumplido con su castración".
Dice, "Para la mujer", y de aquí él va a deducir que para la mujer, efectivamente es más fácil posicionarse en ese lugar de falta, en ese lugar de Don Juan, "para la mujer no es ningún esfuerzo, digamos que hasta cierto punto no corre ningún riesgo en buscar lo que tiene que ver con el deseo del hombre". Javier Aramburu responde preguntas (resumen) -Sobre la relación de la presencia y el lugar de la verdad.
Como artefacto de ficción. Efectivamente, algún efecto sobre la verdad del Otro ocurre. Pero lo interesante, me parecía, era ver cómo esa presencia no surge independientemente de la vuelta que se le da por el Otro como garante de la verdad. Acá hay un salto que divide las cosas.
Traducción-deseo-presencia.
Hay un llamado al Otro, en la transferencia también. Todavía no ha hecho presencia de ese objeto, pero tampoco, en tanto que remite al Otro como lugar de la verdad, se puede tomar ese tramo de la transferencia como ilusión. Está en el terreno de la verdad. Y es en el interior del terreno de la búsqueda del Otro como lugar de la verdad, donde la presencia adquiere posibilidades de ser operatoria en la transferencia.
La otra cuestión es: ¿cuál es el efecto que, sobre ese lugar del Otro, sujeto supuesto saber, lugar de la verdad, se produce cuando se instala este momento de presencia del analista?
Es una pregunta que queda ahí. No creo, sin embargo, que se pueda hablar de ese momento como la caída del sujeto supuesto saber. Por eso, insisto en que me parece que es en el interior de esa situación en donde todavía la referencia está a la verdad del Otro.
-Sobre la caída del Sujeto supuesto saber
Eso es quizás a lo que se refiere Lacan cuando dice que no se trata de que la transferencia se liquide, sino al contrario, se solidifica; se hace consistente en ese punto.
Pero no estamos todavía ahí. Ese punto ha sido puesto en virtud al deseo del analista, que ha llevado a ese punto el análisis. Y que llevado a ese punto del ocho interior (ver esquema al final) acá estamos en el punto de la transferencia. No es el punto del atravesamiento, es más bien el punto del atravesamiento sin haberlo atravesado. Atravesamiento entendido ahora sí acá como una superficie que se atraviesa a sí misma, simplemente porque eso es el ocho interior. Esto es el atravesamiento del fantasma, una superficie que se atraviesa a sí misma.
Se puede venir siempre por el espacio de afuera y nunca atravesarse este punto, es decir, no entrar en el espacio punteado. El atravesamiento del fantasma sería atravesar este punto de la transferencia objeto. Sería alcanzar la línea del deseo a diferencia de la línea de la demanda.
El punteado, que es el del deseo, es a lo que se accede al ser atravesado el punto del objeto. Acá tenemos el objeto, transferencia también, y acá en el deseo tenemos el -. En ese punto todavía la transferencia está solidificada porque estamos en el punto del atravesamiento, sin haber atravesado el objeto. Ese es el cierre del inconsciente, es el punto de cierre del inconsciente, pero en el doble sentido. Como lo que viene de las vueltas de las demandas y como el punto objeto que viene del deseo.
Es el punto de cierre de los dos.
-Sobre el Nombre del padre y el Rasgo unario más allá del Ideal
Más allá de este circuito de las demandas que es la repetición. Más allá de este circuito de la demanda que es el punto de atravesamiento.
Los pongo en el mismo espacio más allá del Ideal. Que no quiere decir que son exactamente lo mismo. Después habrá que ver cuáles serán las diferencias específicas. Pero están en un campo más allá de lo que el campo del Ideal obtura.
El rasgo unario está implicado en el Ideal, así como la demanda, pero no se reduce a él. El Nombre del Padre también está como el rasgo unario de alguna manera implicado en el Ideal, pero tampoco se reduce a él.

Texto establecido por Silvia Salman

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