martes, 3 de julio de 2007

La disparidad en el amor (Parte II) Eric Laurent

La disparidad en el amor (Parte II)
Eric Laurent

Eric Laurent es psicoanalista, miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana, de la Ecole de la Cause Freudienne, y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.

El fantasma y la mística

Con el feminismo contemporáneo se reabrieron las preguntas.Es una broma feminista americana estándar decir: es formidable; con Freud al menos sabíamos lo que no teníamos, mientras que con Lacan y la idea que tiene de que de todos modos el falo no es para los dos, no podemos quejarnos ya más por lo que no tenemos. Pero la manera en la que Lacan transformó la cosa fue decir que no se trataba de un órgano ni para uno ni para otro: no hay órgano adecuado para ninguno de los dos sexos. El varón tiene el órgano, pero de todas formas tiene angustia de castración. La niña está aligerada de la angustia, pero de todas formas no tiene el órgano que le haría falta. Esto no marcha pues para ninguno. No hay en relación a la sexualidad el órgano que haría falta. Y por otro lado, esto hace a la originalidad del movimiento psicoanalítico: no promete ?contrariamente a otras psicoterapias que prometen la felicidad sexual: si uno llega a liberarse del stress, de la angustia, etc., no hay razón para no gozar como corresponde?. El psicoanálisis continúa sosteniendo que uno puede relajarse todo lo que quiera, de todos modos encontrará siempre el obstáculo.

Esta pregunta que fue transportada al psicoanálisis, que se instaló de diversas maneras, Lacan la transportó al amor observando que, frente a la falta profunda que el psicoanálisis freudiano instala, la falta en relación al sexo, hay dos posiciones: el fantasma y la mística.

Para el hombre, en el lugar de la falta, de lo que parece faltar, Lacan pone el fantasma. Es el nombre también, si se quiere, de lo que subtiende el amor-propio según La Rochefoucauld. Cada uno, por su amor-propio, por su narcisismo, no puede, en tanto que hombre, en tanto que varón, no buscar las condiciones de su felicidad según su fantasma. No puede no. Al punto que a través del partenaire del amor, o más allá del partenaire del amor, está siempre el fantasma. Es un tipo de verdad que el psicoanálisis estableció y que, en el fondo marcó el estilo de amor, o las dificultades de la época. Toda relación es pornográfica, si puedo decir. Se hace todo lo posible para volverla etérea, ideal, y amar tanto y más, hasta el amor loco, detrás se encontrará, para el varón, el anclaje fantasmático que hace las veces de su verdadero partenaire.Del otro lado y de manera ejemplar, Lacan eligió hacer referencia a algo que no se desprendía de Freud con esta fuerza. En la obra de Freud, no encontramos una referencia especial sobre la mística ?ni a la mística judía ni a la cristiana. La única referencia en Freud es del año 1905. Conversando con Jung, el suizo fascinado por la historia de las religiones, Jung le decía que algo hacía obstáculo a sus teorías de la libido: el hecho de que había eremitas y que había en la práctica eremítica a través de los siglos (el aislamiento del monje en su retiro), sujetos que se liberaban del mundo, que no tenían más ningún deseo, tampoco ningún fantasma. A lo que Freud respondió: el retiro del mundo no implica ningún retiro necesario de la libido, muy por el contrario. Opone entonces el monje y el sujeto psicótico: el monje no ha retirado sus investiduras del mundo, se retira del mundo pero para interesarse en el mundo. Es lo que la literatura monástica testimonia, la fundadora de órdenes, etc.; incluso también la meditación que atraviesa toda esta literatura, mientras que el sujeto psicótico sí se retira del mundo y la libido regresa a él, a su cuerpo.

Lacan prosiguió esta distinción, por ejemplo, comentando el escrito de Freud sobre la psicosis del Presidente Schreber. Observa la intervención de Dios para Schreber y hace referencia a la mística. Es necesario distinguir allí la posición del dios de Schreber, distinguir el dios del sujeto psicótico que no deja en paz a su criatura y la atormenta, de la alegría mística.

Lacan retoma todo esto, subrayando que si hay alguna, si hay una literatura femenina, una escritura femenina como se decía en los 80, está del lado de los místicos. ¿Por qué ? Porque es una modalidad del amor extremadamente carnal. Los místicos experimentan un montón de cosas, hasta la certeza que el sujeto místico relata que en su cuerpo está indicada la presencia del Otro divino. Los místicos evidentemente no son sólo femeninos; es más, hay todo una fila de místicos masculinos de excelente factura que parte de San Francisco de Asís que era Franciscano, San Buenaventura detrás, y luego tienen la Mística alemana, Suzeau, Toller, y eso continúa, San Juan de la Cruz, etc. Tienen toda una mística masculina en la que sin embargo todo el mundo habla como las mujeres. Son la novia del Esposo. Es siempre curioso cuando se trata de Saint Bernardo de Clervaux, que era una especie de enorme bruto aristócrata, que también era un asesino, caballero eminente ?no del género disipado?, y luego místico; era un asesino, un experto que llevó una vida de aristócrata de la época y que, sin embargo, construye toda una literatura sobre las emociones que experimenta en su cuerpo; Bernard de Clervaux meditando acerca del ramo de mirra que tiene el Cristo. Son páginas que siempre perturban; uno se pregunta: ¿en qué esto es una metáfora? Es precisamente lo que le interesó a Lacan: es una metáfora encarnada. Toda la literatura hace metáforas: novela, teatro, poesía. Y uno después se plantea la pregunta: ¿qué puede la literatura? ¿puede movilizar a las masas? ¿puede esto servir? La literatura ha servido para muchas cosas a lo largo del tiempo.

Pero hay algo que sólo se obtiene en la literatura mística: el testimonio de un modo de gozar particular, muy concreto, que es lo contrario del amor en tanto amor quimérico, del amor romántico, del amor ?un único ser les falta y todo está despoblado?, etc. La mística es lo anti-Lamartine. Es por el contrario: el ser les falta porque este ser los hacía gozar, le daba una certeza al cuerpo, lo habitaba de un modo tal que después este goce los deja en falta como el toxicómano está en falta de su sustancia, no es una quimera. Es un punto de vista extremadamente materialista.

Entonces, toda la cuestión es: ¿cómo situar este goce particular con un ser que es como el dios de los psicóticos?: si se quiere, un ser de pura palabra. Es una palabra. Allí verdaderamente la operación ?el verbo se hace carne? se realiza propiamente hablando. Tanto como en la mística judía. Se podría decir: Freud hubiera podido leer a Walter Benjamin. Freud hubiera podido conocer toda la rehabilitación de la mística judía, la que Walter Benjamin y luego Gershom Scholem (3) han desplegado como solución a la crisis del marxismo, pero no lo hizo. Conservó su perspectiva racionalista y resultó \"Moisés y la religión monoteísta\". Pero hay una manera de retomar esta corriente, no solamente en la mística cristiana, sino también en la judía e interrogarse acerca de esta encarnación del verbo, sobre este goce provocado por algo que parece ir más allá del órgano. No hay órgano, y sin embargo, hay una resonancia particular del cuerpo. Esta resonancia viene a marcar del lado femenino, lo que en el hombre está localizado en el fantasma. Estilo fetichista, estilo erotomaníaco del amorLacan lo retomó de diferentes maneras en el curso de su obra. En principio, como interrogación sobre los místicos y su lugar extraño; luego, dice: se podría oponer el estilo fetichista del amor en el hombre y el estilo erotomaníaco en la mujer. Y en efecto se sabe cuáles han sido clínicamente las tentativas de encontrar en la mujer el equivalente de la clínica del fetiche en el hombre, por ejemplo en el fetichismo de las telas, de la envoltura; los clínicos tuvieron también enormes dificultades para hallar la simetría. El hombre fetichista elige la ropa interior, el calzado, de manera precisa. Las mujeres que tienen el fetichismo de las telas, las ponen más bien sobre sí. Se encuentra ahí la industria del fetiche, que es una rama importante de la industria de nuestra época, y la industria textil, con resultados prácticos; y por el otro lado en las mujeres, cuando la publicidad busca industrializar este punto de vista, es siempre: ?me gusta llevar lo que me gusta tocar?, tal como lo utilizó una publicidad reciente. Está la referencia al otro y está más bien puesta sobre el cuerpo, por eso las dificultades que hay para instalar una simetría en los llamados fetichistas.

Al contrario, en la clínica de la erotomanía hay efectivamente una disimetría muy grande. La erotomanía es, en un gran porcentaje, femenina ?habría que complicar el modelo de la serotonina: la serotonina, más otra cosa. Porque ciertamente, los receptores de la serotonina funcionan, eso anda, pero aunque quisiéramos activarlos en el varón y en la niña, no se obtendrá la misma repartición. Y cuando Lacan habla del ?estilo erotomaníaco? del amor femenino, es para traer al primer plano la certeza del amor. Se sirve de una versión de la erotomanía que dio su maestro en psiquiatría De Clérambault, quien hizo una construcción que le es propia; le interesaba en la erotomanía lo que llamaba el postulado: la certeza del diagnóstico propiamente dicho la obtiene del sujeto cuando éste dice: \"él me ama, estoy seguro de eso, no soy yo quien lo ama, es él el que me ama\". Había en la clínica alemana de 1910 referencias al delirio amoroso, antes de que De Clérambault formulara esto en los años 20. Pero su idea con el postulado, era que, en rigor, una verdadera erotomanía estaba siempre construida sobre aquél.

El estilo erotomaníaco, es que no solamente es él quien me ama, sino que es él quien me habla. Lo que De Clérambault precisa es que en la patología erotomaníaca todo se vuelve palabra del ser amado y todo hace signo de la palabra del ser amado Y es de eso que el sujeto sufre, eso le habla permanentemente.A partir de ahí se interroga, en efecto, la distribución o digamos la disparidad. [ HASTA AQUI DESTACADO 1 ]

Del lado hombre, eso goza en silencio. El fantasma opera en silencio. Hay toda una patología extraordinaria del lado masculino, hay que decirlo: el hombre que no debe ser molestado por el ruido o por la palabra innecesaria, mientras está en su asunto. O también que exige que, si hay palabras, éstas deben formar parte del vocabulario en juego en la sexualidad, y ninguna otra. A fin de cuentas, toda una frágil sensibilidad. [HASTA AQUI DESTACADO 2]

Del lado mujer, es necesario sin embargo que el ser amado hable: ¿háblame?. No puede consentir a la sexualidad sino después de una larga preparación que consiste esencialmente en ser envuelta con palabras, para después consentir. Hay toda una disimetría que forma parte de la comicidad de las dificultades del amor, el famoso ¿háblame?, ¿no me hablas lo suficiente?, etc.
Un goce silencioso
Pero el problema es que de hecho, el sujeto femenino apunta también a un goce silencioso. Y el goce silencioso, el que se alcanza en la experiencia mística precisamente, se lo encuentra en la observación de que Dios se calla y se manifiesta por su pura presencia. Lacan lo remarca con este punto: la relación a la falta en el Otro que habla en el lugar del lenguaje; en el lugar en que se articulan palabra y lenguaje la última palabra sobre el amor faltará (A/). Frente a esa falta, de un lado, lado masculino, está el objeto del fantasma, y del otro, lado femenino, se trata de lo que vendrá al lugar en el fin, como lo dice Jacques-Alain Miller en un artículo reciente (4). Justamente en su seminario, Encore, Lacan no lo dice. No dice exactamente lo que viene al lugar del fantasma en la mujer. Deja a sus oyentes en suspenso. Lo aborda de diversas maneras. Habla de un cierto número de fenómenos, pero no dice qué es. Jacques-Alain Miller nos dice que ahora, después de estos años, habiendo trabajado eso, podemos decirlo. Viene ahí el goce de la palabra, (A/); ¿pero qué? ¿qué quiere decir el goce de la palabra? No es hablar en el sentido de hablar para no decir nada, no es hablar como cuando se dice: ?las mujeres hablan, hablan mucho más que los hombres, esto explica el éxito del teléfono celular, etc.?; ellas hablan, pero no es ese el punto, es tan sólo la superficie. El elemento profundo es que es necesario que eso hable para gozar.

Y a partir de allí, captamos porqué La Rochefoucauld es un punto de vista masculino. Es porque tiene la idea de que el amor, en principio, es necesario que haya sido escrito, que no está en la naturaleza. Y bien, se equivoca. Si hubiera sido mujer, justamente, y también apasionado por el amor propio, no hubiera escrito jamás que el amor es un artefacto. Hubiera podido hablar de la convención, por cierto, y Madame de Sévigné pudo hacerlo, pero no dudar de que en las relaciones del amor y la palabra hay una relación consustancial. Lo que las mujeres han comprendido muy bien es cómo en el cristianismo el verbo se hace carne. Esto no ha sido nunca un problema para el auditorio femenino. En esa vía, hay por otro lado, un antropólogo, Jacques Gardy, que reflexionó sobre la literatura y está persuadido de que sólo puede haber amor en las sociedades que tienen escritura, porque se escriben cartas de amor. Está bien para un antropólogo tener este tipo de ideas, que la escritura sirve para eso y no simplemente para hacer cuentas, para hacer la cuenta exacta de las tropas del faraón, sino que inmediatamente sirvió para escribir cartas de amor.

Pero de hecho es un error. Es de estructura. Hay allí un punto, el punto en el que la palabra se calla ?lado femenino, que es asimismo el punto en el que eso goza de la palabra. Es el punto del cual nada se puede decir, todas las palabras desfallecen. Ahí justamente, se articula un lugar paradojal que es el culmen, la esencia misma de la palabra y sin embargo al mismo tiempo el punto en que desfallece. Y es ahí donde las mujeres encuentran el silencio; para la mitad del universo otra que el varón, hay un momento en el que no obstante se está aliviado del parásito lenguajero, aliviado del hecho de tener que hablar aún en ese punto. Tanto del lado hombre como del lado mujer.

La disparidad del amor está así situada alrededor de esa relación en la que se anudan silencio y aparato lenguajero parásito y donde Lacan hace aparecer esta conjunción de la pulsión y del silencio, tanto del lado varón como del lado niña. Y la pregunta que Freud planteaba: ?¿Qué quieren ellas?? tiene una respuesta: ellas también quieren gozar en silencio. * Conferencia pronunciada en Tours, en el ámbito del Seminario clínico de Françoise y Charles Schreiber, el 11 setiembre de 1999. Traducida al español con la amable autorización del autor.
(1) Bénichou, Paul: Morales du grand siècle, Gallimard, 1948; réédition Folio essais, 1988.

(2) Mauzi, Robert: L?Idée de bonheur dans la littérature et la pensée française au 18ème siècle, Albin Michel, 1994, Bibliothèque Evolution de l?humanité.

(3) Scholem, Gershom: Aux origines religieuses du judaïsme laïque, de la mystique aux Lumières, Calmann-Lévy, 1999.

(4) ¿La Maladie d?amour?, La Cause freudienne, n° 40.Traducción: Graciela Esperanza
Fuente: Antroposposmoderno

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